Uno de los principales monumentos que ofrece la ciudad de Mérida a sus visitantes lo constituye el Templo de Diana.
Edificado en torno al año I de nuestra era, probablemente durante el gobierno del emperador Tiberio, el templo estaba ubicado en el centro de la ciudad, donde confluían las dos principales vías que vertebraban la antigua ciudad de Emerita Augusta, la vía decumano y la vía cardo, y donde se asentaba el foro romano. El Templo de Diana se erigía como uno de los edificios más imponentes del conjunto central.
Fue consagrado en origen al culto imperial, adoptando su nuevo nombre al ser identificado erróneamente por el historiador y erudito local emeritense Bernabé Moreno de Vargas.
Los vestigios que evocan su monumental pasado lo componen el podio de granito junto con restos de la escalinata de acceso al edificio, sobre el que se alzan las columnas del pórtico que rodeaba el edificio, de fuste estriado, también de granito y con restos de estuco y pigmentos. Sobre las columnas, capiteles de orden corintio culminan la alzada del edificio.
De la cubierta original solo se conserva el arquitrabe o dintel y un arco de medio punto de descarga, que actualmente está reconstruido.
Entorno al edificio se abría una zona ajardinada que disponía de dos estanques que flanqueaban el templo.
La pervivencia actual de los restos del edificio y su buen estado de conservación se deben a que sirvieron de soporte y armazón a un palacio renacentista edificado a finales del siglo XV, que perteneció al conde de los Corbos.
El Templo de Diana fue declarado “Monumento Nacional” en 1912 y goza, actualmente, de la categoría de Bien de Interés Cultural, formando además parte del Conjunto Arqueológico de Mérida declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.